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Un ramo de flores blancas, uno de amarillas, muchos caramelos de colores bien dulces, de esos que dicen que les gustan a los ángeles. Hasta ahí fue todo fácil de conseguir, la dificultad fue con los 3 metros de tela ¨pañal¨.

Luego de mucho recorrer la encontré en un negocio del Once, y vino acompañada de un fuerte sentimiento y lágrimas al meterla en mi mochila que llevaba colgada adelante, y que quedó como la panza de una embarazada.

La historia continuó una semana después, en una placita perdida en las afueras de Miramar, hamacándome a la hora de la siesta, con treinta grados de calor y Gustavo girando alrededor mío.

El cantaba en Yoruba y arrojaba los caramelos al aire, yo, sentía que un huracán estaba por llegar.

Luego, en la playa la tela pañal flotó encima mío, se onduló como las olas, mientras él seguía cantando y cantando, y yo ofreciendo de a uno las flores a la espuma y a la sal del mar.

Aiooo aioo aiooo, siglos de tradición se fundieron en su voz, la arena, el viento y su amor.

A la tela pañal se la llevó el mar junto con mi dolor, y el sufrimiento por haber interrumpido que tres almas llegaran a este mundo hace veintiséis años.

Ella y yo estábamos llenos de juventud, pero a mí me inundaba el miedo.

Miedo que le ganó al amor.

Lloré, lloré a mares hasta quedar exhausto.

Los días siguientes los pasé como adormecido, sintiéndome frágil y débil.

Vulnerable pero fuerte a la vez.

Una tarde en la playa, ya con las fuerzas recuperadas, en silencio, a esa hora en que se va terminando la luz del sol, junto con el agua caliente del mate, Gustavo me preguntó cómo me sentía.

Le respondí: siento paz, mientras mirábamos pasar delante nuestro a tres pequeños niños envueltos en sus toallas, titiritando y saltando las tablitas de un largo camino de madera en busca de su mamá.

Marino Balbuena

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