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Cuerpo (acción sana)


Cuando escribo la palabra cuerpo en este tiempo y espacio, la palabra que me aparece en mi mente es “gracias”. Te preguntarás ¿por qué?

Voy a contarte parte de mi vida. Solté la palabra que me pesó siempre (hasta te podría decir que pesaba más que mis 146 kilos que tuve en algún momento).

Mi viejo siempre fue una persona que muchas veces se hacía notar solamente a través de agresiones. En cambio, mamá siempre fue más del lado de la victimización. ¡Gracias!

Aprendí de ambos lados lo que mamé o lo que vi más predominante en este caso.

Fui mucho tiempo agresivo conmigo y con los demás en forma verbal pero sobre todo conmigo porque recuerdo cuando era chico, siempre tuve problemas con la comida, y digo problema porque me crié viéndolo de esa forma, y la discusión entre mis viejos con este gran tema era interminable. Mi mamá al igual que mi nonna tenían la creencia que dar de comer es dar amor, y papá, al igual que su padre, quería que yo deje de comer y, lo solucionaba muchas veces siendo agresivo con mi mamá y conmigo a la hora de quererme frenar. ¡Gracias!

Me ocultaba para comer con el consentimiento de mamá y a escondidas de papá. Todo esto se me transformó en un hábito, ocultar, esconder, tapar; fueron acciones que se transformaron en hábitos, y esos hábitos llegaron a tener el resultado de mis 146 kilos. ¡Gracias!

Hoy por hoy te puedo decir qué ocultaba, reprimía y tapaba.

Mi lado agresivo (para el afuera lo marcaba con ironía y sarcasmo), para mi adentro me agredía porque odiaba mi cuerpo que sentía que era distinto al resto.

Mi sexualidad: sabía que desde chico tenía otras preferencias sexuales a las que se debían tener. (La frase de papá era “prefiero tener un hijo chorro y no puto”). Eso pesaba mucho porque pensaba que estaba haciendo las cosas mal. (Entendiendo que mal o bien sólo es mi juzgador que lleva al “debería ser”).

Mi lado de amor; haciendo que con tanta contextura física nadie llegue a mí, quizá, por miedo a no sentirme herido y no volver a pasar por situaciones de dolor. Me dolía sentir que la gente me tenía miedo, tenía miedo de decirme cómo me veían porque me ponía agresivo e irónico y llegaba a lastimar muchas personas que lo único que querían era darme amor, queriéndome decir que estaba lastimando mi cuerpo sin límites comiendo sin parar. Me dolía ver que cuando mi invitaban a una cena tenían que hacer el doble de comida porque decían “hacé más que viene Leo”, jamás fue por ironía, sino que me veían desde afuera de una forma que sólo hacían las cosas para que la pase bien y no me quede con hambre.

Después de muchos años un amigo, Mario, que me venía invitando durante un año seguido a “unas meditaciones” que no tenía ni idea lo que era, fui.

Ya hace más de 5 años de ese momento que pisé por primera vez Sereno. Venía de un pibe de barrio irónico, perdido, habiendo hecho infinidades de cosas para salir de donde estaba parado y que siempre eran frustraciones y desilusiones. No porque las cosas que hice para “sentirme mejor” no funcionaran, sino que era yo el que sentía que necesitaba algo más, no sabía ni cómo, ni por dónde. Pensaba que toda mi vida iba a sentirme humillado, humillando a mi cuerpo que se reflejaba en mi mirada para que se vea más en profundidad.

Eso me pasó cuando conocí Sereno, profundicé en mi ser, en mis energías, pudiéndome entender, aprendiendo a dejar mi lado juzgador para amar mi historia, mi pasado, mi cuerpo.

Alguien como Gustavo, que me frenó para no seguir de la misma forma, acompañándome en un camino consciente de aceptar mi historia con amor, empezar a encontrarme, a poder verme desde adentro para hacer una transformación afuera.

Caer como cae Kung Fu Panda en el templo, creyendo que fue por error y paso a paso entendiendo que no existe caer por error, que la vida pone gente en el camino y que soy yo el que elige soltar, seguir de la misma forma o quedarse para transformarse aprendiendo a soltar recibiendo hábitos nuevos.

Gracias a mi historia, hoy estoy acá, sentado en mi compu pudiendo escribir sobre el cuerpo, parado en un lugar liviano, libre, amando mi camino tal cual es y festejando lo que fue. Como la flor de loto (una de las flores más hermosas) que florece nutriéndose de las partes más míseras de un pantano, sacando lo mejor de eso, de forma natural y sin juzgar. Amar mi cuerpo como está hoy después de 70 kilos menos, disfrutar una tarde de bici, una meditación para seguir profundizando en mis hábitos cotidianos, ir al gym y que los profesores te desafíen a más, porque ven que querés hacer para darle a tu cuerpo una mejor calidad (sin hacer porque “tengo que bajar de peso ciegamente”, sino sólo por amor a disfrutar nuevos hábitos), acompañar personas haciendo conciencia corporal para transitar el camino (nadie es ni más ni menos, todos somos iguales). Estar consciente despierto para no caer en la humillación conocida, haciéndome cargo de mi cuerpo que me sostiene y se bancó todos los síntomas que pasé hasta hoy, amar, que ahora los abrazos lleguen sin barreras de sobrepeso, valió la pena la transformación.

¡EL CUERPO NOS DA TANTAS SATISFACCCIONES, ALEGRÍAS Y PRUEBAS CUANDO NOS AMIGAMOS!

Vas a leer parte de mi historia que agradezco. Gran aprendizaje, aceptar y agradecer porque gracias mi historia, hoy estoy acá, escribiendo este texto siendo la flor de Loto.

Leonardo Suárez

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