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El amor romántico


Me lo presentaron dos amigas. Cada una por su lado me había dicho que “tenían” un chico que era para mí.

Por mi parte estaba obsesionado con tener un hogar y todo lo que eso significa de acuerdo a nuestra cultura occidental.

Desde muy chico tuve la creencia que nadie podía enamorarse de mí, que nunca iba a ser lo suficientemente bueno ni deseable para nadie.

Pensaba que mi piel era resbaladiza y que no podría sostener ningún abrazo, ninguna caricia. Nadie podía “engancharse” conmigo. Era una convicción muy profunda, algo inmodificable como un lastre pesadísimo amarrado con miles de candados.

Cuando lo conocí hubo un enganche desde la falta, algo que desde afuera parecía natural y lleno de amor; pero en realidad era un tipo de vínculo sostenido en la idea que el otro viene a completarte, a satisfacer tus necesidades.

Inmediatamente nos fuimos a vivir juntos, y arreglamos la casa. También trajimos animales: dos gatos. La escena del hogar en toda su plenitud. El exterior era pura armonía y felicidad, pero en el fondo la relación estaba muerta. Casi no existía diálogo, el sexo era rutinario y tibio. Se unieron dos insatisfacciones creyendo que juntas se saciarían; pero muy por el contrario, se magnificaron.

El espejismo romántico es muy fuerte y crea imágenes distorsionadas, bellas y engañosas; pero sin ninguna profundidad. Trabajan sobre la superficie y la apariencia.

Sobre lo que debería ser. Es una escenografía, una puesta en escena donde los integrantes de la pareja actúan un amor idealizado.

Un canto de sirenas siempre cerca de la catástrofe y alejadísimo de la realidad.

Alejandro Méndez

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