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En todos estos años de caminar en el chamanismo y meditar en la esfera visual chamánica, una de las cosechas más fructíferas que he tenido fue la de trabajar la conciencia del cuerpo y llegar a la gratitud constante hacia él. El cuerpo es simultáneamente la única y todas las conciencias. En él hay muchos puntos de vista donde tiene que ser consciente el individuo. Es muy fuerte cuando uno ve una lista de somatizaciones. En su mayoría todas tienen que ver con el individuo negándose, resistiéndose, inflexibilizándose o razonando desde el miedo.

El cuerpo, frente a una tensión y/o polaridad experimenta en esa división una dualidad sentido-sin sentido, y al quedar expuesto en una falta, pulsa compensatoriamente desde ese lugar para llegar a una idealización que está muy lejos de una conciencia sana corpórea. La tensión del cuerpo es un darse cuenta en el interior de la mente dividida que el ser aplica en su vida.

Otra forma de explicarlo: el cuerpo es el ser entero, continuo y completo, cuando se tensiona produce una división o un corte de su continuidad y en esa separación se gesta el síntoma. Toda somatización produce tensión y toda tensión produce sintomatología; pero en la escuela chamánica oaxaqueña se habla de que el síntoma es la tensión que le abre al ser la conciencia para que éste despierte y comience a trabajar en este nuevo darse cuenta.

En el primer caso el síntoma es el resultado de la tensión corpórea, o sea la sintomatología es el residuo de lo vivido por el ser. En el segundo caso (escuela oaxaqueña) el síntoma es la apertura de la prueba que va a tener que caminar el ser.

En el camino he integrado las dos cosas. Un soma, síntoma, presión o tensión siempre es un mensaje del cuerpo, y el cuerpo trabaja en una verdad que no puede ser influenciada por la domesticación primaria. La expresión “el cuerpo grita lo que la boca calla” la siento incompleta; para mí el cuerpo grita lo que el sexo reprime, lo que domina la emoción, lo que la mente niega y resiste, y lo que aprisiona a la creencia universal.

En pocas palabras, el cuerpo es más similar al sí mismo que al yo domesticado.

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