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El encuentro de la felicidad en la relación


Había una vez un bosque mágico. Mágico en todo sentido: su tamaño, que abarcaba casi todo el mundo; su aire, que todos los seres que lo habitaban respiraban como si se deleitaran con la comida más exquisita; mágico en su forma, ya que podías hipnotizarte con la belleza de una pequeña flor recostada sobre una raíz emergente de la tierra, como así también podías detenerte a ver los colores del sol naciente y el sol poniente reflejados en las inmensas copas de árboles.

Entonces la magia era evidente, pero inexplicable. Por esa razón no todos los seres habitantes de aquel bosque podían disfrutarla, ya que algunos necesitaban comprenderla. Fue así como surgieron los seres de la eterna pregunta y análisis. Ellos, que simplemente querían entender, observaban la felicidad de esa atmósfera y de las habitantes que la disfrutaban sin entender el motivo. Hasta incluso, a los que no entendían, comenzaban a llamarlos locos. Ahí estaban, todos siendo, siendo felices. Alguna de sus preguntas eran: ¿de dónde proviene? ¿Cómo se mantienen felices? ¿Qué los motiva? ¿Es “real”? ¿Cómo puedo hacerlo yo?

Todas estas inquietudes llevaron a los seres de la eterna pregunta a hacer experimentos. Comenzaron a cortar, picar, inundar y hasta incluso incendiar partes diferentes del bosque sin encontrar ninguna respuesta. Rápidamente estos seres conocieron la angustia. Detuvieron sus experimentos para reflexionar al respecto, ya que lo único que habían aprendido a hacer, era pensar. Sin razón a la razón, por un segundo su razón se detuvo y en ese mismo instante sintieron el impulso natural de abrazar al primer árbol que encontraron. Cada uno abrazó a un árbol diferente. Fueron días, semanas, meses, que permanecieron ahí, simplemente en contacto. Comenzaron a sentir cómo cada uno de ellos, los árboles, respiraba su aire y devolvía el aire de todos.

Comenzaron a sentir que si un árbol tenía frío, algún otro árbol de alguna parte donde podía recibir la luz del sol le transmitía calor, sin necesidad de tocarse. Comenzaron a escuchar como todo era expresado sin necesidad de hablar. Sintieron algunos árboles cediendo todas sus hojas al suelo sin que nadie lo lamentara, simplemente lo soltaban a su experiencia con cuidado, respeto y confianza.

Pasaron tanto tiempo contemplando toda esa magia que, nuestros seres de la eterna pregunta, ya no se preguntaban nada, simplemente eran, y estaban. Así fue, como un día, se convirtieron ellos mismos en árboles. Y como si fuera un secreto que nunca fue oculto, descubrieron que aquella felicidad también se encontraba por debajo de la tierra, y tal vez, ahí se originaba.

Cada uno de esos árboles, completamente independientes entre sí, y sin aparente contacto, de tanto en tanto, enlazaban un vínculo invisible pero concreto en donde simplemente sus raíces se extendían con la aparente figura como si se estuvieran tomando de la mano. Y así eran, así estaban, generando su atmósfera de felicidad, sólo tomándose de la mano, sólo eso.

Cristian Fresno

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