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Experiencia viaje a México


El viaje comenzó con la preparación, meditación y cambios alimenticios. Por primera vez volé en avión, una experiencia única.

Una vez en el D.F., fue extraña la sensación en la ciudad, me sentía conectado a ella, como si la conociera de siempre, sensación que me acompañó todo el viaje. La ciudad, una mezcla de modernidad y restos de una civilización pasada pero presente. Visitamos Tepoztlan con su pirámide en la cima de la montaña, Teotihuacán con sus ruinas colosales, Tenochtitlán (Ciudad de México en la actualidad) con su templo mayor y el museo de antropología, lugares que parecen dormidos... pero vivos. Símbolos y signos por doquier.

El viaje terminó con la ceremonia del peyote. Sólo puedo describirla como una planta amable, humilde y sabia. Un punto de inflexión, una posibilidad.

Después de escuchar las recomendaciones de Javier, el chamán, uno a uno recibimos una limpieza de fuego, agua y viento. Luego, en ronda, acercamos al fuego una ofrenda de tabaco junto a nuestra intención hacia el trabajo próximo a realizar. Personalmente, ir al encuentro del sí mismo, ese punto donde todo es uno y uno es todo. Llegó la primera toma de té, áspero y amargo, fuertemente amargo. Luego nos dirigimos al temazcal, invocamos nuestros vínculos para que nos acompañen e ingresamos. Primero sentí un calor abrasador, fuerte y acogedor, el sudor comenzó a correr tímidamente por todo el cuerpo. Una vez todos dentro se tapó la entrada y la oscuridad reinó. Expectante y sereno a la vez, comenzaron los cánticos, el retumbar del bombo llenó la atmosfera, fuerte y vibrante, como un latido potente sobre nuestras cabezas. El aroma a hierbas desconocidas que emanan las piedras calientes cuando eran mojadas llenó mis pulmones. La humedad comenzó a condensarse, era extraño respirar vapor, pero poco a poco mi cuerpo lo aceptó. Me sentía cada vez más agua, los efectos del peyote ya estaban mostrando sus primeras formas, una sensación de paz recorría cada rincón de mí. Los roces, la transpiración, todo se sentía más vívido. El canto cada vez se elevaba más, mi garganta comenzó a cantar, invocando a la madre tierra, a su sabiduría, formamos una sola voz. Miré hacia arriba y el techo se volvió transparente y vi las manos de mi mamá, sólo las manos, pero sabía que eran las suyas, cubriéndome, protegiéndome. Apareció otra mano y un rostro, mi papá, extraño porque no tenía canas, que es la única forma en que lo conozco. ¡Estaba en la panza! Recibiendo un amor incalculable, mi corazón rebalsó de alegría y lloré, cada centímetro de mi cuerpo brillaba amor y gratitud, cuánto amor recibí, al instante aparecen al lado de mi papá, mis hermanos mayores siendo sólo unos niños, la familia completa estaba esperando mi llegada. Simplemente gracias.

Eventualmente llegó el baldazo de agua helada, era tiempo de nacer, volví renovado, lleno de energía, lleno de amor.

Los colores estaban renovados, las formas de todo eran exquisitas, los velos iban cayendo, el amor se sentía en el aire. El trabajo continuo a lo largo de la noche, las visiones se intensificaban, visité distintos lugares del cosmos, el nacimiento de una flor, el viaje a través de la luz, así como también lugares oscuros, llenos de energías apagadas, o almas perdidas quizás, incapaces de moverse, sólo podían quejarse y lamentarse, arbustos secos, la vida ya no corría por esos sitios. Aprendí que todo está disponible, todo es posible, todo es amor, la luz y la sombra pueden convivir en armonía. Trabajé algunas heridas, que se volvieron conscientes, solté y fluí en ellas.

Llegó el momento del humo, una herramienta más con la que trabajar. Entro en mí y rápidamente, sin tiempo para analizar, me dio una única posibilidad, soltar, soltar todo, personalidad, miedos, creencias, ego, la muerte misma, nada pudo acompañar este viaje de mi ser. Dejé atrás las formas conocidas, la conciencia se abrió a una vastedad infinita, llena de otras conciencias que sólo formaban una. Fractales, formas geométricas, surgían unas de otras, cambiando, renaciendo y muriendo, un mar eterno. Súbitamente me volví a separar del todo, volví a tomar forma pero, en otro cuerpo, estaba sentado en él, sobre una seca tierra, un lugar árido, árboles secos con unas pocas hojas, rocas grandes, cielo despejado, aire extrañamente puro. Estaba rodeado de algunas personas, trigueñas, flacas, con ropas llenas de polvo. En mis manos una pipa de madera. Escucho una voz potente y calma que dice un desconocido pero que podía comprender "Esta es la sabiduría que transmitimos de generación en generación Cubaneio, ahora regresa", alcé la vista para ver a la persona que habló, era un hombre con un aura potente, una gran presencia, vestido con túnicas blancas y collares. Hizo sonar un Didgeridoo. Las vibraciones del instrumento descompusieron mi cuerpo y todo el lugar hasta los átomos, volví a ser sólo conciencia, atravesé cientos o miles de cuerpos, la carne cambiaba incesantemente, hasta que se detuvo. Reconocí el cuerpo que uso en esta dimensión, tuve la impresión que llevaba años sin vestirlo. El chamán batió unas alas para cortar la conexión que aún sentía en la coronilla, el aire me hizo volver. Ahora sí, estaba completamente de regreso. Terminé donde había empezado. Me tomó unos momentos recordar todo lo que había dejado antes de partir. Me acerqué nuevamente al círculo que formábamos entre todos. La experiencia terminó, pero siento que el viaje recién comienza.

Nicolás Tobal

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