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Experiencia viaje a México


Durante la semana en México me sentí en mi casa, en un barrio conocido. México tiene todo, desde una cultura increíble y recuerdos de una mágica civilización, hasta comida riquísima y un clima ideal. Me sentí cómoda, desde el primer momento que pisé el país. Pero al mismo tiempo, no dejaba de sorprenderme con cada paso que daba. Estuve abierta a cada nueva posibilidad de conocer y dejarme sorprender por lo que pasaba.

Visitamos Tepoztlan, una pirámide arriba de una montaña. Y como si eso fuera poco, en la cima nos encontramos con un chamán que nos habló durante una hora de cosas hermosas, no dejó de enseñarnos ni de transmitirnos amor. ¡GRACIAS!

Estuvimos por Tenochtitlan, actual Ciudad de México. Recordamos las raíces, perdonamos, conocimos y aprendimos que siempre, siempre, la verdad, por más que quieran esconderla, sale a la luz. ¡GRACIAS!

Fuimos a Teotihuacán. Un hermosísimo pueblo, con mucha energía y mucha historia. Nos cargamos con la energía del sol y la luna, soltamos. ¡GRACIAS!

La última actividad fue el temazcal y la toma de peyote. Todavía no encontré las palabras adecuadas para explicar la sensación que tuve durante 14 horas. Puedo decir que fue increíble, que fue mágico, que fluyó el amor como nunca antes.

Comenzó cuando Javier (el chamán que dirigía la ceremonia) nos hizo individualmente una limpieza con fuego y humo, luego de eso me dejé llevar, acepté y me tranquilicé estando abierta a lo que podía llegar a suceder. Luego tuvimos la primera toma de peyote, una planta muy sabia, poniendo cada uno sus intenciones para con la ceremonia. Después fue el inicio del temazcal, un "horno de barro" caliente, oscuro. Personalmente, tuve que retirarme al instante que ingresé. No aguanté el calor, la falta de oxígeno. Salí, respiré, acepté, y volví a entrar a seguir sorprendiéndome. No necesité salir más, todo lo que necesitaba estaba ahí adentro. Agua, fuego, tierra, viento. Amor. Los cantos iban subiendo, hasta sentir que todos estábamos unidos por la misma voz, sin conocer las canciones, cantábamos muy fuerte. Vi a mi mamá mirándome, sonriéndome. A su lado, mi papá, los dos observándome. Luego llegó el momento de nacer, y lo hice tranquila, porque sabía que mis padres estaban contentos, esperándome. Todo el tiempo que siguió, fueron horas (14, según dijeron) haciendo un trabajo personal con la medicina del peyote. Personalmente, recorrí nuevamente Teotihuacán, conocí personas. Vi animales de todo tipo. Estuve en el universo, en el cosmos. Floté. Vi y sentí nuevamente a mi abuela, fallecida hace unos años, con la misma paz y alegría de siempre. Todo lo sentí más fuerte, las caricias, los abrazos, las miradas, el amor. Todo se multiplicó.

La experiencia en México terminó, pero el viaje recién empieza.

Agustina Leto


¿Te preguntaste qué es una pirámide?

¿Te ves en ella?

¿Qué nos hace piramidales?

Nuestro viaje comienza, y ahora que lees esto, te encuentro viajando conmigo. Caminamos hacia las pirámides dentro de una ciudad antigua repleta de sabiduría. Mientras caminamos vamos observando aquello que nos pesa. ¿Qué nos pesa? ¿El miedo? ¿Los límites? ¿La identidad? ¿El juicio?

Caminamos hasta la base, recorrimos los mismos caminos de aquellos que evolucionaron y nos trajeron hasta acá, ellos, los toltecas, quienes habitan en la conciencia de quizá una o muchas de tus células.

Nos pusimos enfrente nuestras creencias y comenzamos a subir la pirámide, y aunque cada uno subía solo, éramos muchos haciendo lo mismo: soltando.

Soltábamos lo que nos dominaba, la competencia, la comparación, la demostración, los complejos, el debería ser, soltábamos para sólo ser. Subíamos de a un escalón a la vez para salirnos de la necesidad de tener siempre un objetivo donde llegar, subíamos de a un escalón mientras nuestro oxígeno se adaptaba a la altura y al cambio de ritmo como cuando salís de estar quieto en lo conocido. Subíamos, y a veces entre escalón y escalón nos encontrábamos respirando profundo, como el cuerpo cuando libera el aire acumulado.

Llegamos arriba, era el momento de dejarlo todo ahí, todo lo que pesaba. Nos mirábamos entre todos, no nos decíamos nada, pero nos escuchábamos. Nos tomamos de las manos y meditamos, en esa meditación todo lo que hicimos fue agradecer.

Bajamos livianos, otra vez de a uno y siendo todos. Mientras caminábamos cada empinado escalón uníamos el arriba y el abajo, una de las primeras separaciones que produce la domesticación del ser.

Desaprendimos nuestras certezas, caminando los salones del Museo de Antropología, unimos símbolos nuevos a nuestra conciencia mientras aprendíamos de lo creado por nuestros antepasados. Nos fuimos resignificando nuestros puntos de vista, nos fuimos recordando todo lo que habíamos olvidado; todo está unido en nuestra conciencia.

Un día después visitábamos Tepoztlán, un pueblo mágico del que la historia habla que sólo quien ha vivido alguna vez en ese lugar, puede llegar.

Subíamos el Tepozteco (una ruina en la cima de la montaña) cada uno de nosotros, llevaba su propio ritmo, algunos acompañábamos el ritmo de otro, escalábamos grandes piedras en el medio de la selva. Mientras subíamos, el camino nos unía, acercándonos a José, un guía que México nos regaló sincrónicamente, quien nos recordó que todos somos uno, que la conciencia es una sola y colectiva, que esto que hoy conocemos como los cuatro elementos (fuego, tierra, aire, agua) son los mismos que nos hacen ser físicos, mentales, emocionales y espirituales. Lo decía José, lo veíamos escrito en las ruinas, lo llevamos presente en la conciencia.

Volvimos emocionados, alguien más hablaba de lo mismo que hablamos muchos de nosotros, nadie evoluciona sin su tribu, y la tribu somos todos.

Llegó el día de visitar el tempo Mayor, en pleno centro del D.F., nos tocaba perdonar nuestros antepasados. La historia cuenta un hecho de dolor, mucha energía de muerte e imposición.

Durante los grupos de bionergía muchas veces hablamos del amor a la verdad, fue lo primero que sentí cuando vi el templo mayor sobresaliendo por encima de la catedral del Zócalo en medio del cemento, ver a ese templo renacer me hizo entender que la verdad siempre sale a luz. Aún cuando la sombra es muy oscura. El amor a la verdad es verdad, sólo porque existe el amor y no el miedo a éste.

Nuestro viaje se termina con la toma de Peyote, de la mano de Javier y Fernanda, los chamanes que nos acompañaban. Llegué a México con la intención de volver al amor y de transmutar el miedo y así fue. Primero en la experiencia del temazcal volviendo a renacer, respirando vapor, dejándome llevar por los cantos de los chamanes, volviéndome agua en el cuerpo, fuego en mi espíritu, aire en mi aliento, volví a nacer con los poros abiertos, el corazón liviano y mi cuerpo ilimitado.

La planta comenzó su efecto mientras los cantos seguían y mientras me dejaba llevar observaba como mi mente traía a la luz toda la información de mis años. Fueron muchos colores, muchas figuras, cantidad infinita de símbolos, sombras, recuerdos, personas, luces, emociones y tantas otras cosas más que no creo que tengan nombre. Durante todas esas horas no quise retener nada de lo que vivía, quise sólo observar todo lo que fluía y cuanto más fluía más forma perdía, me hacía parte de todo; el lugar donde estábamos, las paredes, el piso, los árboles, las luces, los chicos, todo.

Y cuando llegué al fin, llegué a una sola emoción; sólo hay amor. El amor que todo lo une, que nada separa, que todo lo es y que no tiene forma ni límite, el amor que no requiere más que ser.

Y sólo puedo decir gracias, gracias amor.

Micaela Madonía

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