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experiencias con la imposición de manos


La galletita

Una de mis primeras experiencias con el pase de energía en una camilla fue memorable. Si bien entendía su funcionamiento, no lograba una compresión profunda del fenómeno ni de sus implicancias personales y grupales.

La camilla va más allá de la mente y del cuerpo, aporta una dimensión a la que no estamos acostumbrados.

Manos anónimas -cerca de nuestro cuerpo- surfean, indagan, relevan fragmentos, sonidos, imágenes que circulan en un espectro indescifrable en una primera aproximación, pero que se va develando en sucesivas capas de sentido, a través de un diálogo coral, donde las voces y los cuerpos de los compañeros son parte del mensaje a escuchar.

Todos en ronda, dejando en el medio espacio para una camilla. Con mucha inquietud y curiosidad, paso y me acuesto. Cierro los ojos. Mis compañeros y Gustavo se acercan.

Pensaba que estaba relajado y abierto a la experiencia, pero mi energía mandaba señales diferentes a todas esas manos que sin tocarme se adentraban en un territorio personal y desconocido.

Gustavo vio unas galletitas sobre la mesa y se dio vuelta para comerlas. Había sido un día largo y agotador. Cuando volvió a la actividad en la camilla, pidió que no se siguiera adelante. Me dijo: -¡Me di vuelta para comer una galletita, y ahora me encuentro con esto!-

Inmediatamente notó que estaba cerrado a cualquier tipo de experiencia, no sólo un bloqueo, sino que había puesto una barrera entre mí y los otros. En vez de abrirme, había huido, lejos muy lejos. Un cuerpo presente pero que paradójicamente no estaba disponible para los demás.

En ese momento no pude entender a Gustavo ni a mis compañeros. Estaba empeñado en la literalidad de la experiencia. Yo sostenía que todo estaba perfecto, que tenía la mejor de las voluntades y plena disposición para atravesar la experiencia de la camilla, pero eso no era cierto, mi energía casi ausente lo desmentía.

La camilla requiere pura compasividad y compromiso.

Permitirse y permitir a los demás extraer mensajes que no sólo nos hablen a nosotros, sino que se dirijan a todos los presentes.

La camilla es una actividad comunitaria por excelencia, experiencia compartida y diálogo nutricio.

Un tejido que nos entrelaza y nos potencia.

Energía que se proyecta a lo plural en una red continua y brillante.

Palabras como plantas que crecen confiadas en nuestros corazones.

Agradecimiento que como mar de fondo mueve, a veces silenciosamente y otras con estruendo, nuestras sombras y nuestras luces, en constante transformación.

Alejandro Méndez

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