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Experiencias del viaje a México


México, un viaje con pasaje de ida.

Me gusta recordar a México como un camino de despertares. Un lugar donde pude sentir y vivenciar todo aquello que veníamos descubriendo en nuestro camino en Sereno. Una oportunidad de trasmutar nuestros corazones, soltar todas aquellas mentiras que nos dijimos y comenzar a ver la verdad que se evidenciaba más y más.

Considero que México fue una semilla sembrada con un gran amor dentro de mi sí mismo.

Particularmente he comenzado a sentir mi trabajo luego de mi regreso físico. Ese trabajo álmico que hicimos y que tendrá eco en nuestro destino.

Llegué al D.F., o mejor dicho, llegué a Tenochtitlán lleno de expectativas. Cargando dolores que yo mismo me había encargado de regar dentro de mí. Llegué con el libro de ley bajo el brazo, con las certezas de quien no quiere descubrir la verdad, con el “debería ser” de quien somete su destino al inconsciente colectivo. Llegué con las respuestas a preguntas que nunca se habían hecho. Llegué rápido, con el apuro de quien no vive el hoy y deposita todas las energías en mañana. Llegué arrastrando demonios. Llegué en sombra.

A medida que los días pasaban, iba conectándome. Desaprendiendo, despojándome de las creencias que limitaban mi potencialidad. Comencé a vaciar y al caminar mucho más liviano, empecé a relacionarme con ese ser que había dejado en el olvido. Empecé a amarme, a sentir esa relación que tenemos con nuestro corazón. Cuando la calma tuvo su lugar, comencé.

Llegó el día, comenzábamos a cerrar el círculo con el ritual que suavemente susurró a mi oído: “hey, despierta”.

Mi expectativa esperaba un viaje fantástico con visiones coloridas, soluciones mágicas y cambios novedosos.

Gracias universo porque la fantasía no tuvo espacio. Trabajé, trabajé y trabajé. Limpié, observé, sané, concienticé y trasmuté. En verdad, en sincronicidad, puse en línea mi sentir con mi pensar, mi decir con mi hacer. Me permití aceptar y aceptarme. Perdoné y empecé por perdonarme. Me dejé fluir como decía una meditación, como un río que no espera tomar un camino, sino que se hace camino al andar.

Sé que el viaje no terminó y que el trabajo recién comienza. Abrí una puerta y continuaré abriendo otras tantas.

Al volver me preguntaron: “¿Alcanzaste la iluminación?” Pues no, pero empecé a brillar.

Deseo que todos podamos, a través del camino que elijamos, dar lugar a nuestra luz. Deseo que cada día sea más intenso, con más verdad y con mucho más amor. Gustavo Villamor me dijo un día una frase de Jung, que se hizo carne en mí y dio comienzo a mi despertar. México me la cantó a los cuatro vientos. Ahora sé que si miro hacia afuera podré soñar…si miro hacia dentro, podré despertar. Gracias, gracias, gracias.

Lucho San Marco




“Bienvenida

a mi Hogar.

Esa es mi tierra.

Eso es mi cielo…

Utiliza lo que necesitas

Pero no lleves nada de lo material.”

-Pirámide de Quetzalcóatl, 21 de enero, 2017

Escuché una voz. Ni en inglés ni en castellano. Al escribirla sobre papel, no le hace justicia. Habría que sentirla.

Fue una voz omnipresente. Una voz que me abrazó, que me penetró. Me estaba llamando de otro mundo, o de una parte de ese mundo que aún no había conocido. Nos estaba llamando de allí. No sé si era la única que la escuché. No era la única que la sentí. Porque ese día, éramos uno. Somos uno. Y ahí lo sentí más profundo que nunca.

La sentí a través de sus ojos. Vi los ojos de mis compañeros, portales a vidas pasadas, ventanas a lo terrenal, todos atraídos al mismo lugar, al mismo momento. Todos llamados a Teotihuacán. Ahí comenzó. O quizás había comenzado antes, mucho antes. Y en esta tierra, bajo este cielo, mi visión se expandió.

Y sentí la voz también en la Plaza Central, ahí en el Zócalo, cuando meditamos el perdón de nuestros ancestros por la sangre que habían derramado, la sangre de los Nativos.

El dolor que sigue sintiendo la Tierra bajo esa Plaza hecha por el conquistador en el nombre de su dios. Allí hubo devastación, matanza, miedo, dolor, culpa; todo registrado en la memoria de las fibras de la Pacha Mama. Ella lloraba, y sus lágrimas escupieron el Templo Mayor para poner en evidencia la ruina de nuestro presente y pasado. Allí cuando la sentí, era parte de eso; soy parte de eso; somos parte de eso. No era mi primer viaje, pero ahí, con mis pies apoyados sobre esta Tierra, mi visión se expandió, mostrándome todas las huellas impregnadas en Ella.

La sentí subiendo a Tepozteco, en el silencio y el agradecimiento. Ahí nos pusimos de acuerdo con Ella, pidiendo perdón, dando gracias a los frutos que había materializado. Y ahí arriba, cada uno soltando sus mochilas emocionales, sincronizamos con el chamán, un regalo del cielo, un maestro del Hogar. Ahí, bajo el sol, éramos todos alumnos y maestros en la misma búsqueda.

Esa voz era verdaderamente omnipresente: desde la casa de Frida Kahlo, a la casa donde nos hospedamos; desde las calles de D.F. en hora pico, al silencio de la montaña; desde la costa de las playas de Oaxaca, al rugido del mar. Todo México es así.

Pero el momento más notable, fue en la prueba más fuerte y liberadora, cuando tomamos Peyote en el Hogar de ellos, nuestros guías. Ahí me guiaron, en el Temazcal, los gritos de canto y los tambores, que vibraron como las ondas sonoras que sentí formándome en la panza. Ahí, fue cuando sentí el efecto de la medicina, disfruté la expansión, viví la completa gestación y el crecimiento. También, la liviandad que trae el agua después de tanto calor, y el placer de nacer nuevamente, liberado de lo vivido. Y ahí, la sentí nuevamente, cuando me dijo, “Bienvenida, hija,” con un abrazo.

Y la sentí en el cuarto donde pasamos catorce horas, y cuando miré los ojos de mis compañeros y cuando sentí la presencia.

Ahí aprendí de Ella cuando tuve que reconocer mi complacencia y dejar que mis compañeros, que mi pareja, se fortalezcan solos en sus pruebas. Ahí aprendí de Ella cuando se sumaron las voces de pasados enroscados, de dolores tapados escritos en la memoria de mi cuerpo, de vidas pasadas y ancestros presentes. Ahí aprendí de Ella cuando me debilitó el cuerpo, y cuando se transformó en fortaleza, iluminando mi prueba. Ahí la encontré en los rincones más profundos de mi ser.

Nada de Ella podía llevar, porque cuando sentí la inminencia de la muerte, cuando seguí el conejito blanco en el cuarto de mi mortalidad. Todo lo que había aprendido de ella, lo tuve que soltar cuando una nube de humo me envolvió, invitándome al otro lado. Ahí, grité “Yo no quiero morir,” porque lo material cuesta soltar. Pero, ahí, Ella se conectó con Él, mi par, ya casi la muerte a mi lado. Y ahí la sentí tan alta. Porque mis gritos se calmaron cuando escuché la voz decir “Confía.” Ahí, la solté; ahí me solté, me morí, y conmigo, mis miedos y mis límites: mi materia.

Cuando volví, renací como un ave, segura de mi llamada, confiando en la tierra y el cielo, sabiendo que mi momento en el Hogar es breve. Y ahí sentí todo. No sólo Ella, pero muchas de ellas. Volví hacia atrás, al Templo Mayor, y desde mis manos se expandió la infinita sanación que todos compartimos. Todos éramos parte de esa misma sanación.

Hoy siento que el Hogar no es mío, ni nuestro, pertenece a un pasado de muchos pasados, he visto muchas vidas; el Hogar no es nuestro para destruirlo, ni perjudicarlo. Es prestado, como nuestros cuerpos.

En ese viaje, me vino tan claro, vi con tanta claridad, que lo material que nos envuelve y la materia que nos compone, no es nuestro para llevar, sino nuestro para resolver, perdonar, agradecer, y luego soltar a la Tierra, porque no puede pasar con nosotros al otro lado.

Britton Young Espósito

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