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Experiencias del viaje a México


Medicina sagrada

Comenzar con este título el relato es haber entendido el por qué de la Medicina Sagrada y el respeto con el que hay que tratarla. Ese darme cuenta fue incluso varias horas después de haber transitado la experiencia con el peyote, cuando comencé a tomar conciencia de la información que recibí.

Ceremonia

Después de varios días de preparación, había llegado el momento.

Llegamos a la casa, Fernanda nos dio la bienvenida, eran pasadas las 17 horas, nos entregó mantas y nos invitó a pasar a la sala.

El lugar, una amplia sala rectangular despojada de muebles, con ventanal a lo largo de toda una pared que nos conectaba con la luz del exterior. En uno de los extremos, los dos chamanes que oficiaban la ceremonia y el músico.

Se presentó Javier, un hombre de mirada penetrante y que no pasaba desapercibido.

Fue Javier quien nos brindó una charla previa a la toma y también nos realizó la limpieza con fuego.

Desarrollo

Hicimos la primer toma y, mientras esperábamos que el primer grupo transitara su temazcal, comenzaron los efectos.

Sentada con la espalda apoyada contra la pared, con los ojos cerrados, sentí el líquido partiendo del estómago ramificándose, se deslizaba hacia todas las direcciones lentamente haciendo surcos.

Mientas charlábamos, escuchábamos los cantos y gritos del grupo en su temazcal, y veíamos las reacciones de cada uno, comencé a pensar que ya estaba allí, que no había vuelta atrás y apareció mi resistencia. Resistencia que mi cuerpo expresó con náuseas, resistencia incluso a vomitar. Hasta que solté y vacié.

Hora de nuestro temazcal. Nos fuimos a cambiar, a ponernos malla. Seguía con los ojos cerrados, sólo podía mantenerlos abiertos por segundos, síntoma que me acompañó durante toda la noche.

Al ingresar, Fernanda, la guía, me ubicó cerca de la abertura y a su lado. Cerraron ambas puertas, hechas de lienzo pesado. Me pregunté si podría soportar el encierro, el calor abrasador y el malestar. Comprendí que sí, ni bien se cerraron las puertas.

La temperatura comenzó a subir en la medida que se producía el vapor; el olor a hierbas era súper agradable. A los pocos minutos me uní al canto: la tierra es mi cuerpo, el agua es mi sangre, el aire es mi aliento, el fuego es mi espíritu, éramos uno en el canto.

Parábamos de cantar en cada apertura de puerta para recibir agua. Cada refrescada de agua, que para la temperatura del cuerpo era HELADA, venía acompañada de un grito liberador.

En un momento mis dedos se deslizaron por mi brazo izquierdo y tuve la sensación de que mi brazo era agua. Cada minuto que pasaba era el aquí y ahora, era lo que estaba sintiendo, era felicidad, sentí volver a lo natural, amor puro.

Se abrieron las puertas, última refrescada y la pregunta era: ¿estás lista para nacer? Apoyé mi frente en el suelo, al igual que en el ingreso, perdoné mis relaciones pasadas y salí. Quedé en posición fetal boca abajo y Javier apoyó sus manos en mis caderas. Hizo un leve movimiento, me dio la bienvenida.

El temazcal había terminado para nuestro grupo, una vez cambiados volvimos a la sala.

Volví a sentarme de espalda contra la pared, con la misma incertidumbre que al comienzo. ¿Cómo sería el tránsito? Y me dejé llevar, me entregué como en el temazcal.

Los recuerdos van y vienen como ráfagas sin orden cronológico, uno tras otro, símbolos signos, personas, sensaciones.

Durante toda la noche tomé conciencia de mi resistencia. En el cuerpo era frío-temblor (¿resistencia?), aflojaba y me dejaba llevar.

Ese día por la mañana estuvimos visitando la casa de Frida y me conectó con el dolor. Esa sensación de presión en el chacra corazón apareció produciéndome enojo, ¿cómo podía estar toda la noche así? Me pregunté ¿qué podía hacer? Con Frida misma apareció la respuesta, dar amor. Comencé a pasar luz verde a todos y a cada uno de los que estábamos en la sala y expandí. Sentí en el chacra corazón un agujero negro, la sensación que por él transitaba algo, la nada, a la velocidad de la luz, sensación de vacío.

Frida y Diego fueron y vinieron en otra ocasión a brindarme respuesta.

Durante toda la noche los olores, la música invitaban a que ese transitar modificara su estado, acelerado, lento, relajado. Otra toma. Una bolita de peyote en la boca (amargo y terroso) que se dejaba disolver y la noche seguía. Percibía el entorno y de vez en cuando, ya acostada, levantaba la cabeza abría los ojos y hacía un paneo.

En uno de esos paneos, vi a alguien parado y volví a cerrar los ojos convencida de que era el Filemón.

Recuerdo obligarme a que las visiones aparezcan, sin embargo era dejar fluir y aparecían colores, símbolos, signos, como por ejemplo la imagen de un Ojo, que automáticamente asocié al tercer ojo y que cuando decidí ampliar la perspectiva, vi las alas y el cuerpo de una abeja detrás del ojo, el cuerpo del ojo era la abeja.

Durante la noche, sensaciones de calidez, sentí de luz dorada brillante desde la derecha, luz verde desde la izquierda.

Ya a la mañana nos fuimos despertando, nos incorporamos. Algunos contaron su experiencia. Creo que ninguno de nosotros quería retirarse. Se respiraba aire de gratitud de felicidad, de complitud.

Por mi parte me llevo las respuestas que me entregó la medicina y los símbolos y signos para continuar encontrándolas. Agradecida con los espejos-maestros con los que compartí la experiencia como así también con los que nos guiaron en la ceremonia. ¡Gracias, Sincro!

Claudia Quiroga

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