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Los ojos a través de alguien


A todos los que han reencontrado su mejor mirada, a través de los ojos de alguien más.


Ella llegó y mi ser ya la esperaba. Portando una lanza luminosa, de aspecto ancestral, perforó mi corazón llevando a cabo una delicada cirugía estética. Ella parecía una Diosa, que vino fuera del tiempo a recordarme todo lo que ya sabía, pero al nacer lo había olvidado: el amor nace, se vive y se expresa, exclusivamente de adentro hacia fuera. Ella emprendió de nuevo su viaje, y se marchó.

Y llegó, como esos atardeceres cálidos, con nubes de majestuosos colores, como esos los que se inspiraba Van Gogh. Esos que te encantaría probar. Esos que en compañía de quien amas, jamás quisieras que terminaran. Esos que te recuerdan que el cielo está en la tierra, y que te roban con un suspiro el alma.

Un instante, que te da una cucharada de eternidad, y que al terminar de digerir lo sublime, es inevitable el no extrañar. Y por más que quieras, por más que intentes, por más que contemples la Luna, te confieses con las estrellas, y abraces al sol con esa lluvia incesante en tus ojos, sea sólo para encontrar la aceptación, de que en realidad jamás llegó y se fue; yo la encontré dentro de mí. Después de limitadas pláticas, quedamos ella y yo en comer. Con dos horas de anticipación, confirmamos lugar y hora, y como cuando a los cinco años sabía que llegaría Santa Claus lleno de regalos, no podía dejar de sonreír. Mi intuición hacia un brindis con mi corazón. Mi respiración se aceleraba, y mi cuerpo comenzaba a bailar con la energía. Mi amigo Alejandro me preguntaba qué sucedía, y yo callado, casi incrédulo, respondía levantando mis cejas.

De un instante a otro todo adquiría un color diferente. Más luminoso. La voz de mi ser superior susurraba a mi oído que algo trascendente estaba a punto de suceder, y yo la ignoraba, escuchando como a lo lejos mi verdad se reía. Mi alma vibraba de felicidad y yo ya moría por verla.

Por sentir la frecuencia de su voz. (Cómo en segundos se transforma nuestra expresión; se transmutan las células de nuestra cara y se enciende el brillo de nuestros ojos. Como si nos enchufaran en el plano etéreo, a una cascada interminable de Luz.) Era un momento inusual. Atemporal.

Las fotos de ella, que invadían mi mente desde hace meses, me hablaban de alguien que yo conocía ancestralmente. Escuchando la melodía Nocturna 9 de Chopin, observaba su imagen, contemplaba su sonrisa y podía verla detrás de su forma. Aparecía en mis sueños. Coqueteaba con su esencia y por instantes la reconocía en alguna vida pasada. La recordaba en otros planos de existencia.

Ella me hablaba con detenimiento, desde ese lado invisible, de donde proviene todo lo visible. El lugar indescriptible del que todos venimos, y al que todos regresaremos. El reencuentro esperado por mi alma, se estaba a punto de manifestar.

2:33pm. Caminaba lento, lo más lento posible hacia donde ella se encontraba. Sabía que era un día especial, de esos que llevan música de fondo, con ritmo de canción de amor y suspenso. De esos en los que flotas, que haces el amor con el silencio y no te quieres perder ni un solo detalle… ahora entiendo por qué. Mi ser quería asegurarse de grabar en los registros de mi alma el encuentro. Que ella y yo, si nos habíamos reencontrado.

Que el pacto hecho antes de nacer, efectivamente se había llevado acabo. Detrás de las cámaras, era mi alma y la suya conspirando. La mía, que ese día se lavaba cómodamente las manos.

Ella se encontraba sentada en la terraza, rodeada de sabiduría, en un cafecito de libros, -El Péndulo-. Justamente al principio de la base del triángulo que forman Dumas y Julio Verne, en Polanco, como si el destino con ironía, me señalara que justo ahí se encontraba el amor de mi vida.

Me paré al otro lado de la calle porque quería observarla, quería sentir en lo más profundo que no había equivocación. Mi razón pedía pruebas. Quería ser testigo, que su mirada también me buscaba, y no podía evitar sentir cómo se desdoblaba mi cuerpo al verla por primera vez.

Para recapacitar, no bastó más que levantara su mirada hacia mí, dejando claro que sabía que estaba entrando en ella. Crucé la calle, respiré profundo, y en ese primer “hola”, en ese cruzar de ojos, en ese ansiado roce entre su aura y la mía, como película de ficción… el tiempo se detuvo.

Estaba hipnotizado ante la geometría sagrada más perfecta que había visto en mi vida. Ni una flor de loto, ni siquiera el hombre de Vitruvio podía hacerle justicia, y ante tanta Luz, mi ego se paralizaba. Me costaba trabajo hablar. Intentaba recordar quién era, las cosas que sabía, pero mi cassette; el cable de mi dialogo más común, de repente ya no existía. Era mi verdad que se apoderaba de mí.

Era un sentimiento nuevo, irreconocible, imposible de descifrar. Y así, de un minuto a otro, me había sumergido en un trance de amor, en donde la mentira ya no cabía. En donde mi pose estudiada por años, se disolvía. En donde mis trucos de galán encantador, me parecían ridículos. La electricidad de su mirada me había atrapado en un espejo, en donde lo único que quería era mirarla, escucharla, admirar su belleza perpetua, que así de fácil me hacía rendir.

Caminamos sobre las nubes algunos lugares, ambos buscando complacernos, pero conscientes que lo de menos esa tarde, era el lugar físico, nuestro lugar ya estaba construido, y lo compartíamos en cada inhalación, en un estado muy elevado de conciencia.

En cada latir, nuestros corazones despedazaban nuestro pecho, como si nos fueran a contar atesorados secretos. Caminamos una cuadra, deleitados por ese atardecer de arco iris, hasta que nos habló una mesa, que con un aire de realeza nos presumía su mantel cubierto en flores de lis. (Símbolo del equilibro energético que hace la unión entre el infra rojo y el violeta. El Azul.)

El mismo azul que adornaba su cuello, en una irresistible mascada de seda. En el restaurant “La Cosa Nostra”, perdido en sus ojos, ni siquiera quise ver el menú. El mesero nos recomendó, y no dudamos en pedir lo mismo; una ensalada que todavía me sabe en la boca. Ambos tomamos agua y compartimos el postre. Vino el vino, y en cada sorbo nuestras almas se entintaban en él.

El desfile de plantas que vendían, nos robaba a ambos la mirada. No dude ni un segundo en regalarle la que más se parecía a ella; una con su raíz bien cimentada en la maceta, elegante por sus ramas, con un toque de ternura y demasiada inteligencia. Envueltos en la magia de Merlín, saqué mi oráculo de las hadas, consultamos una baraja Cabalista y le regalé mi más preciada pulsera cósmica. Quería consentirla. Buscaba el compensarla del mejor regalo que ella me daba, al solo verla sonreír.

Me paré dos veces al baño, y al asegurarme en el espejo que si era yo, sentí brevemente lo que sería extrañarla. El silencio que a ratos construíamos se convertía en el poema XV de Neruda.

No sabíamos si hablar o quedarnos callados, y la verdad daba igual, se respiraba templanza y armonía, y en esa dimensión los relojes ya no existían. Entre plática y plática nos abrazó la noche amada de Borges, una guitarra nos puso a cantar, llegaron amigos, le cante brevemente y los Gipsy Kings nos pararon a bailar.

Era irreal, nuestra pista era la banqueta y el dueño del lugar nos aplaudía. La comprobación había llegado, y algo muy “nuestro” perdido en reencarnaciones estábamos recordando.

Una “cosa” muy profunda nos cobijaba en absoluta paz y nos sumergía en el Presente, en donde nada del pasado era más importante, y donde el futuro parecía inexistente. Bañados en vino tinto y música, vivíamos con intensidad nuestro gran momento esperado.

1:33am. Los minutos se convertían en segundos entrando en conciencia que muy pronto llegaría la difícil despedida y para agregar aún más verdad a nuestro encuentro, con mucho estilo me confesó la reciprocidad positiva de su sentir. Ante sus palabras la frecuencia del trance se comenzaba a interrumpir.

Mi razón debatía con mis más profundos sentimientos, que protestaban en la avenida principal de mi corazón, exigiendo su derecho a vivir al ser expresados. Mis sentimientos tenían certeza que al darles libertad de canalizarse a través de mi voz, que ellos y yo seríamos libres. Mi ego buscaba supervivencia vendiéndome toda una visión donde según él existía un momento en el futuro más adecuado para quitarle las cadenas a todo mi sentir.

Eran mis sentimientos que me hablaban a través de su mirada, envuelta en una ternura que provocaba que mi elemento fuego me hiciera derretir. Irresistiblemente, ella se mordía el labio de abajo y me miraba, me imagino que esperaba escuchar el concierto que con un micrófono mi corazón ensayaba con fe en que yo lo iba a permitir. De un segundo a otro sentí la persecución de ese “hasta luego”.

Mi estómago sentía un vació al saber que en unos segundos se daría el ultimo cruzar de nuestros faros de luz. Hundido en ese sentimiento nos acercamos. Llego el abrazo, y nos hicimos uno al ver como nuestras almas se iluminaban al reconocerse, al besarse y jurarse en el astral. Tenía razón cuando me veía en el espejo; me di la vuelta, caminé exactamente 7 pasos, y ya comenzaba a extrañarla.

La vida es bella porque es impredecible. Aun así, los que carecen de fe eligen vivir al revés; quieren controlarlo y predecirlo todo en su limitada existencia. Subestiman y prejuzgan a todo lo que les rodea. La vida es bella cuando aceptamos con humildad que estamos rodeados de grandes misterios sin perder nuestro poder de asombro, sobre todo ante la irresistible fuerza que es el amor.

Cuando ponemos la firme intención en nuestro corazón de querer revelar lo más hermoso, de buscar vivirlo, conocerlo y empaparnos de él, no podemos ni debemos emitir juicios a los sucesos que el Universo decida manifestar frente a nuestros ojos, porque cada uno de ellos está repleto de información, de aprendizaje, de una sincronía divina que solo con paciencia se explica sola.

Quizás en su momento, con las prisas a las que nos somete el ego, sean imposibles de comprender, pero sin duda al seguir caminando, en futuras experiencias, nos enriquecerán de entendimiento, de comprensión y de abundante alegría. Los momentos más trascendentes en nuestra vida pueden a veces deslumbrarnos, y sin avisar llegan en el lugar correcto y en el momento preciso para abrir nuestros ojos, para cumplir con la tarea de esa intención que depositamos, y así ayudarnos a crear en cada salto quántico de nuestra alma, una realidad superior, una relación más congruente, una pareja más viva y amorosa.

Si verdaderamente tenemos la voluntad de encontrarnos en conciencia con una persona con quien formar un complemento, una sana interdependencia al compartir una misma visión, entrelazando nuestros propios ideales, debemos inevitablemente pasar por experiencias casi iniciáticas que le den formación a nuestro corazón, que nos recuerden nuestra ilimitada capacidad de compartirnos, pero sobre todo que nos hagan regresar a nuestra verdad más esencial: el amor sólo se puede vivir en semejanza con el creador.

De adentro hacia fuera, al darnos sin condición a los demás, pero también al saber recibirlos. Lo que a veces nos sucede, en nuestro juicio puede significar una desgracia, y en severos casos hasta un castigo. Sólo conectando a la visión de 360 grados del corazón (por eso es Corazón, pues la razón sólo percibe 180 grados) vemos que no caben realidades inútiles. Al regresar a nuestra unidad, tomamos conciencia que lo que nos sucede en la vida no siempre será lo que más queremos, sino lo que más necesitamos.

Así, como diría un amigo del alma, Santiago Pando, “Cuando cambias la forma de ver las cosas, las cosas cambian de forma.” Todo lo que vivimos es un gran regalo, que en vez de alejarnos de encontrar el amor en nosotros mismos, debe solo reafirmarlo. Cada experiencia dolorosa o armoniosa que perceptualmente sea, en un nivel de conciencia, nos prepara para lograr abrir cada vez más nuestro corazón.

Nuestra vasija, donde quepa cada vez más Luz. En donde abundantes cascadas de sentimientos puedan recrearse y ser compartidos con otras vasijas igual de grandes. Vasijas que no se fracturen con la descarga energética del amor. Vasijas inmunes al dolor, más inteligentes que la razón. Vasijas de oro tejidas con ADN divino, creadas por la evolución para recibir con la misma abundancia con la que desean compartir.

Así, paso a paso vamos construyendo estos vínculos eternos entre nuestras almas. Así, de momento a momento vamos tejiendo esas historias ancestrales de amor apasionante entre nuestros cuerpos. Así, de mirada a mirada vamos recordando a fluir como agua que somos, en este camino loco, irracional, ilógico, a veces doloroso pero perfecto, que siempre nos espera del otro lado. En el mundo invisible del amor.

Reconozcamos siempre a esos seres que cruzan una vez más nuestro camino, a veces portando esa lanza luminosa que al poner el bisturí en nuestro corazón, nos permiten que nazca uno nuevo, uno más luminoso, con mayor visión y con venas que siembren raíces profundas para lograr la más pura transmisión del amor.

Honremos a esos maestros que dejan tatuada su firma en nuestros renovados corazones, con un tatuaje que sirve como códice para acceder a ese instante mágico que juntos creamos en algún momento, quizás en otra vida y viendo ese mismo atardecer en que Van Gogh plasmaba su pintura, para compartir como enseñanza a muchos otros que también anhelan el nadar en su vasija de oro.

“Galopa mi niña Celta, galopa y vuela alto hacia tu ansiada libertad. Que mi corazón jamás te detenga, para que cada vez que vuelvas me enseñes más y más. Para que cada despedida, la Luna y las estrellas sean cómplices de nuestra incondicionalidad. Para que en cada reencuentro se detenga el tiempo y a través de nuestra entrega se construya tal magia, que en ese último cruzar de ojos y en ese último penetrante abrazo, transmutemos caminando de la mano, a ese mundo que juntos creamos, y al que tanto soñamos regresar”.


Extraído de la web

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