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Muchas veces el miedo me paralizó hasta el punto de no poder respirar, como cuando mi compañero de la mancha congelada me tocaba y quedaba sin mover los músculos, casi sin respirar, sin pestañear, el miedo tenía el control. Muy en el fondo creía que estar quieta me mantendría a salvo. ¿A salvo de qué? ¿De la vida? Porque es en un punto morir, cada minuto que estoy quieta acepto no vivir ese minuto. ¿Qué tiene esto de interesante?

Tuve mucho miedo cuando vi lo que más quería en este mundo, mi hija, autodestruirse y sufrir al punto de lastimarse físicamente, sentí miedo a perderla, sentí miedo a que su angustia la dejara sumergida en una catacumba eterna, y desde el más profundo miedo, ataque de pánico, desesperación y quietud, llega Sereno. Mi tribu caminando conmigo a la par, alentándome a resignificar el miedo a acomodar la tabla y a surfear esta terrible ola que si seguía quieta tal vez hubiera terminado ahogada en el dolor.

Estaba tan acostumbrada a esquivar lo que me pasaba en la vida, y hoy puedo decir que transitar y conectar con este sentimiento no es tan terrible, aceptar que el miedo es real y que es tan parte de mí, ya no es mi enemigo. Ya no me califico como defectuosa por tener miedo, dejé de avergonzarme y hacerme su amiga fue un gran paso. Ojo, reconozco que me hice tan amiga, que en ocasiones el miedo al futuro me sirvió de excusa para justificar mi quietud.

Entiendo que nació conmigo porque soy humana, que el miedo es mi alerta, que me cuida, me pone atenta a lo que viene, como un timbre me avisa que está pasando algo, ¡ey, no te duermas! Se viene una gran ola. Dale, acomodá la tabla. Si viene es porque podés surfearla, y es tuya. No las desperdicies y aprendé de ella.

María Esther Villalba

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