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Mientras vivas en el bien o en el mal no serás libre


Cuando el hombre en el encuentro con la conciencia trabaja la aceptación y la verdad, automáticamente para no quedar atrapado en la sombría situación estática requiere de ejercitar, primero la ecuanimidad y después la vacuidad.

La ecuanimidad trata no sólo del acercamiento de lo antagónico sino también de la integridad de los polos. Eso hace que el hombre al soltar la polaridad, sacrifica el juicio, y puede comenzar a trabajar la superadora vacuidad y libertad.

Jung en su tercer tiempo, escribe en Recuerdos, sueños y pensamientos: “En todo caso, necesitamos una reorientación, es decir una metánoia. Si sé hablar del mal existe el peligro de caer en él. Y ya no está permitido “caer”, ni siquiera en el bien. Un supuesto bien en el que se cae pierde su carácter moral. No se trata de que se convirtiera en mal, pero desencadenaría malas consecuencias por haber caído en él. Toda forma de apasionamiento es mala, indiferentemente si se trata de alcohol, morfina o idealismo. Ya no está permitido dejarse seducir por los términos antagónicos. El criterio del proceder ético ya no puedo consistir en que lo que se reconoce como “bueno” posea el carácter de un imperativo categórico y que el llamado mal sea incondicionalmente evitado. Mediante el reconocimiento de la realidad del mal, el bien se clasifica necesariamente como la mitad de una oposición. Lo mismo vale para el mal. Ambos juntos constituyen una totalidad paradójica”. Jung, C.G., Recuerdos. pp.333 y s.

Comenzamos este texto hablando de la palabra aceptar y en el aceptar tenemos que ser conscientes que no podemos aceptar, imparcialmente lo que padecemos o lo que vivimos, porque entraría en juego el estado selectivo y recordemos que la selección es una de las formas o acciones que nos separan en polos.

Aceptar requiere que se integren todos los polos, pero principalmente el que construyó la dualidad de bien y mal. Aceptar el bien es muy fácil, pero la letra chica del contrato “aceptar el bien” a veces dice “cuando aceptes el bien no me hago cargo de la máscara del control ni de la zona de confort”.

Hay un texto maravilloso en El libro Rojo que habla sobre no sólo aceptar el bien, sino que además habla de lo difícil que es aceptar el mal. Tenemos que ser conscientes que si queremos ser íntegros, lo que tenemos que integrar es el bien y el mal. Jung decía “el bien se vive, el mal se padece”, pero cuando nos cuestionamos que toda aceptación es aceptar la verdad y para que esa verdad sea liberada requerimos de ser ecuánimes, vivir el bien y padecer el mal van a tener la misma importancia. Veamos qué dice Jung en El libro Rojo, sobre el padecimiento del mal.

“Padeces el mal porque lo amas en secreto y sin ser consciente de ti. Quieres evitarlo y comienzas a odiar el mal. Y, por otro lado, estás atado al mal a través de tu odio, pues aunque lo ames o lo odies, para ti sigue siendo lo mismo: estás atado al mal. Al mal hay que aceptarlo. Aquello que queremos queda en nuestras manos. Aquello que no queremos y que aun así es más fuerte que nosotros nos arrastra consigo y no podemos detenerlo sin dañarnos a nosotros mismos. Pues nuestra fuerza permanece aún entonces en el mal. Por lo tanto, tenemos que aceptar pues nuestro mal, sin amor y sin odio, reconociendo que está ahí y que debe tener su participación en la vida. Así le quitamos la fuerza de dominarnos” Jung, C.G., “Escrutinios”, ad fine, p. 359.

Concluimos que mientras una persona trabaje antagónicos el gran conflicto es que queda dominado por ellos.

Es hermoso cuando jugamos a la similitud de las palabras, ya que dominio y demonio tanto se parecen, tal vez por eso los bioenérgicos le llaman demonios a todo aquello que tiene el poder de paralizarnos, detenernos, y dominarnos. ¿Te has preguntado alguna vez qué te detiene el dolor? ¿Y el miedo? ¿Y la culpa? ¿Y el ego?

Saber en cada ser dónde está su detenimiento y qué detiene es comenzar a transformar la energía sombría en prueba lumínica

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