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Actualizado: 24 may 2018





Vivir como fluye un río, conducido por la sorpresa de su propio recorrido





Conciencia despierta continua dinámica integrada arquetípica natural anónima


Las palabras siempre son impecables porque expresan lo que presiona al ser, ¿pero son las palabras las que pueden hablar de la completud del ser en esa presión? Escribir un libro, en mi opinión, es un gran error por la certeza que se pone en lo escrito. Este libro es para abrir más preguntas sobre el ser. Me considero un escéptico de la verdad. A partir de ahora voy a escribir muchas cosas porque todo el tiempo lo que presiona transmuta la verdad.


Criado en una familia muy católica, utilicé la rebeldía para estudiar las primeras creencias fuera de ella; así llegaron a mí la astrología y los arquetipos del tarot.


Cuando en mi adolescencia me fui a vivir a Mar del Plata, un dos de febrero, observé como algunas personas honraban el mar, arrojándole flores blancas. Era un ritual a Iemanjá (deidad africana). Me acerqué, y comenzó así mi primera experiencia de adoración a la naturaleza.


Fue de este modo como a los dieciséis años había pasado por un accionar intenso en el catolicismo y por todo aquello que implicaba el tarot (los celtas, la masonería y la astrología). Ahora, era el turno del africanismo; estudié Orishas, rituales, secretos y mitos. Al fanatizarme con esta religión entendí por qué los seres humanos caemos en estos extremos, y por qué al alcanzar las dualidades creemos que estamos en creencia, puesto que en realidad el fanatismo niega realidades.


En 1990 comencé a estudiar una licenciatura en ciencias políticas en Buenos Aires y para pagar mi carrera trabajé en publicidad. En reiteradas ocasiones el trabajo me llevó a viajar por diferentes lugares del mundo.


A los veintiún años fui por primera vez a España para filmar un comercial en Sevilla. Estuve allí una semana, y traté de entender el “mix” musulmán y gitano. Luego decidí quedarme dos meses conviviendo con una comunidad zigana (gitana). De esta manera viví mi primera experiencia nómade-pagana.


Hasta ese momento había practicado cada una de las creencias estudiadas en rebeldía con el judeo-cristianismo, y me di cuenta de que en realidad no me había comprometido nunca profundamente con ninguna de ellas, porque las veía como la vereda opuesta del catolicismo.


Volví luego a Argentina y dos años después, un contrato para rodar otra publicidad me llevó a México. Cuando arribé al Distrito Federal, justo al pisar el aeropuerto, me desmayé. Fui trasladado directamente al hotel, y al día siguiente comencé a caminar inexplicablemente por esa gran ciudad como si la conociera de toda la vida. Iba caminando así por la calle Oaxaca y me daba cuenta que pronunciaba la “x” de igual manera que los mexicanos. Sentía pues que estaba en un lugar en el cual mi conciencia ya había habitado. ¿Habría vivido en Tenochtitlan?


Regresé a Buenos Aires en crisis, escéptico de todo aquello que creía.

Cierto día, en una librería de Palermo, tomé contacto con libros de maestros sufistas. Al leerlos encontré en uno de ellos una frase que me cautivó: “si no sabes quién eres, eres algo más”. Fueron entonces dos años de sufismo puro, dos años de estudiar el Corán a través de los cuentos que relatan estos maestros.

Había decidido desaprender estas creencias (la astrología, el tarot, la gitanería, el africanismo, lo judeo-cristiano, y el sufismo), y en esa vacuidad decidí regresar a México sabiendo que me iba a encontrar con el chamanismo.


Arribé en enero de 1998. Fue muy gracioso. Al llegar a mi casa hallé en mi habitación un mazo de tarot. Lo acepté, puesto que comprendí que las cartas continuaban de esta forma en mi vida. Ese mismo día fui a Teotihuacan. Lloré desde que entré a la calzada de los muertos, hasta las subidas de las pirámides. Hay un gran error en la interpretación que se hace de la palabra Teotihuacan. No significa la ciudad de los dioses, sino la ciudad donde los hombres se convierten en dioses. Sabía así que empezaba a tomar contacto con algo muy fuerte: el chamanismo.


Busqué entonces entrar en la filosofía chamánica y evitar caer de nuevo en el fanático ritual al que me había llevado el africanismo. Me daba cuenta que como hombre contemporáneo tenía que evolucionar mi creencia en conciencia y no en visión. Salir del ritual implicaba llevar la fe al más allá de lo evidente visual. Fue así como me conecté con las enseñanzas de Miguel Ruiz, un psiquiatra de origen tolteca que ha logrado explicar al chamanismo desde el comportamiento del ser, en la sociedad contemporánea.


Estudié y estudié. Me fui a vivir a Oaxaca, específicamente a la ciudad de Zipolite, y caminaba todos los días por la selva a tomar clases con una chamana que se llamaba Juanita. El camino por la selva era igual al pozo en el que cayó Alicia en el país de las maravillas. Juanita era como el gato que me llenaba de preguntas sobre mi existencia. En el recorrido por lo negado y resistido; lo consciente y lo desconocido, despertó en mi el chamán que todo ser humano guarda bajo las capas de la domesticación.


Un día mi representante me avisó que había sido elegido para hacer unos catálogos de moda en la India. Cuando llegué a Bombay, el maquillador (un español que hacía ya diez años que vivía allí), fue mi guía. Me llevó a recorrer varios lugares donde pude conectarme con el hinduismo. El contraste entre este último y el chamanismo fue tan grande que no lo toleré. La práctica hinduista requería volver a una conciencia individual y solitaria,mientras que en el chamanismo el trabajo era más en conciencia colectiva. Ahí me di cuenta de que mi pulsión era expansiva-arquetípica.


Regresé al DF. Entendí que como hombre contemporáneo tenía que unir todas esas creencias en mí. Africanismo, sufismo, chamanismo, hinduismo, tarot, astrología. Había tantas y no entendía qué me pasaba.


Era un espíritu en caos, hasta que fui a un Sanborns a desayunar, y encontré allí un libro que se llamaba: Jung y el tarot, de Sally Nichols. Me reconocí en este libro. Pasé entonces a leer: El hombre y sus símbolos, y así llegó la alquimia. Descubrí que Jung había hecho un camino similar al mío, pero mucho más profundo. Como psiquiatra él había ido directamente al sí mismo, y luego su accionar en el comportamiento. Sólo me quedaba observando, pero ahora necesitaba sentir, pensar, decir y hacer algo con esta información. Lo deseaba tanto, pero no encontraba la forma. Ninguno de estos caminos me daban la serenidad de la completud. Leyendo a Jung me di cuenta que la desunión neurótica y la negación sombría eran los verdaderos conflictos que existían entre mi yo y mi sí mismo. Pasaron dos años y no pude producir la integración de la conciencia hasta que un día llegó un diagnóstico inesperado: cáncer.


Comprendí entonces que esta enfermedad era mi primera prueba para resignificar mis creencias. Me di cuenta que no tenía que hacer nada, sino simplemente aceptar quien era, estar abierto a todas las creencias, dejar de tener miedo a la muerte, y darme cuenta de que era un alquimista. Uno más entre tantos, pues todos lo somos; con un montón de recursos que me daban mis talentos despiertos.

Tuve que dejar entonces que el sentir entrara con toda su intensidad.

Tuve que dejar que el pensar me mostrara la puerta.

Tuve que dejar que el decir expresara lo que me presionaba.

Tuve que hacer, y hacer, y hacer, hasta dejar de creer en muchas cosas, y en ese momento de escepticismo, escucharme y tener una sola creencia; una sola fe: en mi sí mismo y su talento de sanación.


Alguna vez escribí estas palabras: no soy ni sabio, ni arrogante, ni perfecto. Soy un simple paciente oncológico que ha utilizado el camino de su vida para encontrar una atmósfera de potencialidad pura en la sanación, y eso es lo que siento que soy, un talento que prevalece, permanece y se transmuta en una atmósfera sana.

Siento que la sanación emocional, mental o física es la creencia dinámica sana. El haber transitado por tantas religiones me sacó de la rigidez visual; moverme en los diferentes puntos de creencias me volvió a conectar con la esfera (infinitos puntos de vista de las posibilidades).

Ahí llegó a mi vida el merkaba. En un viaje a Barcelona me encontré con un discípulo de Drunvalo Melchizedek. Hallé con él un punto en común con todo: Oriente, Medio Oriente, Occidente. Todos los sistemas de creencias que no tienen la pirámide paters-proles, como el chamanismo, el africanismo, el sufismo, el ziganismo; actúan y creen en el comportamiento esférico. El comportamiento esférico tiene una frase clave para llegar al entendimiento de la igualdad como seres: todos somos uno, y ese todos representa la diversidad de seres en creencias, y esta diversidad hace al uno universal. Llega de esta manera la palabra posibilidad. Llega así la visión de la infinita posibilidad.


Me solté entonces a formar con algunos amigos un grupo de meditación llamado Sereno. Esto implicó romper con mi límite y empezar a expandir mi experiencia a mis prójimos, y que ellos me contaran sus experiencias para entender que somos conciencia colectiva y que somos también un absoluto. Esto no impide que a veces nos refugiemos en el sí mismo, pero seguimos siendo siempre absolutos. Siempre somos muchos. Nunca somos solos. Sólo somos solitarios cuando tenemos que integrarnos para adquirir conciencia y acción en la colectividad.

Escribir este libro es tener un elemento más para expandir, no sólo lo vivido por mí, sino lo vivido por mi tribu; a la cual considero talentosa, bendecida y agradecida, que integra el sentir y el pensar con intenciones, y utiliza la impecabilidad de las palabras para expresarse y lo que dice lo hace, porque toda tribu es la unión de muchas creencias.


No pensamos iguales, pensamos juntos.


Este diario del meditador es el despertar de adentro hacia afuera de acciones dormidas. La cimentación meditativa es reconocer que hay partes de nuestro ser que ya son, pero que no están activas. El dinamismo de estas y la expansión de cada uno de ellas incluyen el adentro, el afuera y la atracción de nuevas experiencias.

Este diario no es para conocer más de nuestra identidad, sino que es para romper los límites que nos identifican y poder aceptar ese algo más que somos, ese algo más que muchas veces lo encontramos en nuestros semejantes. La identidad suele ser el límite del autoconocimiento del ser. Romper con este límite es unir en una conciencia todas las conciencias.

Este diario es también las luces que hace la conciencia, muchas luces hacen una tribu. Muchas tribus hacen una conciencia colectiva, y así mi luz es la luz de todos, y la luz de todos es mi luz.

Todos somos uno, y uno somos todos. ¿Será?

¿Es posible un trabajo de autoconocimiento sin nuestros pares?

¿Hemos conocido todos nuestros maestros?


Carlos Gustavo Villamor

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